El Cloro es un metaloide gaseoso. Pue­de encontrarse en el agua en su estado libre (Cloro libre) o puede formar compuestos. El principal problema del Cloro es el mal sabor y olor que produce en el agua, y la corrosión que puede provocar o su toxicidad hacia las plantas. A pesar de tantos inconvenientes, la aportación de Cloro en las redes de agua potable es un hecho muy importante por su acción contra las bacterias y los elemen­tos químicos orgánicos volátiles (VOC). Es el agente desinfectante más utilizado, un fuerte agente oxidante que reacciona con muchas impurezas, incluso el Amoniaco, las Proteínas, los Aminoácidos, el Hierro y el Manganeso. La cantidad de Cloro necesaria para reaccionar con estas substancias se denomina Demanda de Cloro. El Cloro líquido es Hipocloruro de Sodio; en su forma sólida, Hipoclorito de Cal­cio. Aportando Cloro al agua, se forman una gran variedad de compuestos, algunos inor­gánicos como las Cloraminas (+ Amoniaco en el agua), pero otros pueden ser potencial-mente cancerígenos, como los Tríalometanos (THM), cuyo control supone el uso de otros oxidantes y desinfectantes. No importa con que tipo de Cloro se esté tratando el agua: se formará Hipoclorito, Ácido Hipocloroso y el Cloro Molecular. La reacción disminuye el pH; esto supone un aumento de la corrosión en las tuberías de Acero y Cobre.

Tratamiento convencional: El agua clo­rada puede ser tratada con Dióxido de Sul­furo, Bisulfuro, Azufre, o filtrada con Carbón Activo. Otra forma de librarse del Cloro es la R/O.
 
Tratamiento FF: Protección de la maqui­naria hidráulica correctora.

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